Cap i pota

En época de posguerra, poder comer un buen pollo o un buen bistec era un lujo al alcance de muy pocos. La carne más común, a la que la gran mayoría únicamente tenía acceso, eran las sobras: los despojos y las mollejas. Las mujeres, ¡cómo no!, se convirtieron en artistas culinarias y consiguieron que las criadillas perdieran su tufo característico, que las tripas -duras como mojamas- se reblandecieran o que las mejillas de buey se convirtieran en un majar delicioso que nada tuviera que envidiar al más tierno filete. Por ello durante la postguerra los puestos de menuts (lugar donde se vendían desechos) vivieron su periodo de máximo esplendor. Sin embargo, con el transcurso de los años estos guisos quedaron relegados a las abuelas y es gracias a ellas que aun podemos degustar los platos, que con mucho ingenio e imaginación, las mujeres pobres de nuestro país convirtieron en verdaderas exquisiteces.

Cap i pota

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